También el alma, si quiere reconocerse, tendrá que verse en otra alma (Platón) À savoir, quelle tristesse de la valse heureux! (Mona) La monedita del alma se pierde si no se da (A. Machado)
miércoles, 16 de marzo de 2011
Los juguetes de Mona
lunes, 24 de enero de 2011
Este vals no se baila
viernes, 24 de diciembre de 2010
Spleen de Mona
martes, 16 de noviembre de 2010
El paseo de Mona
lunes, 1 de noviembre de 2010
Mona's dream
miércoles, 29 de septiembre de 2010
La huelga de Mona
viernes, 3 de septiembre de 2010
El vals de Mona
martes, 3 de agosto de 2010
La petite valse
Mona, no lo entiendo ni yo ¿Cómo quieres que te lo explique? Hay hombres con caramelos malos. Brujas con grandes calderos que hacen consomé de niño. Reinas que cortan las cabezas. Y babas de caricias como vitriolo y vorágine que dejan profundas cicatrices en la mirada. Ya sabemos que el bosque está encantado y que los vacíos carruseles en el crepúsculo no son aconsejables para los niños, incluso si en su maletita llevan el antifaz, el peluche y los collares. Ya sabemos. Y como gran verdad, decimos: no te fíes. Nada cojas, de quien nada sabes. Vuelve a casa sin jugar y sin ver los atardeceres. No estés sola ni con tu sombra. No te creas que ancha y tuya es la tierra porque en ella naciste. Eso no basta. Acuérdate de Pinocho. Y así, sin apenas notarlo, nace la melancolía de los jardines. Las horas y horas tumbado en el escalón del mediosol y los tenues besos de luz colándose entre las hojas acartonadas del magnolio. Mientras, duermes con los ojos abiertos, comes rabos de trébol para endulzar el alma y huyes de las pepitas rojas del magnolio porque quieres bailar algún día al ritmo del vals. Un… dos… un, dos, tres… Luego, paseas. El jardín cerrado es seguro como una jaula de plata. Escarba en la tierra hasta que afloren las lombrices de café con leche. Hurga entre las flores y descubrirás el mundo. El jardín y su trabada cancela. El jardín y su fuente que no canta. La celinda más grande del universo y sus flores de nata para libar. Hay hombres malos como caramelos. Ogros que te quitan los besos para siempre. Castillos de incienso donde el diablo reclama diariamente su ración de paz eterna. Oscuros lugares donde se marchita la risa en cuanto entras. Donde el sol es un tubo blanco que parpadea sobre cuatro mapas de un mismo lugar sin magia. Sobre 100, y otras 100, y otras tantas, para recordar que no hablaré más en clase. O sobre tus dedos desaparecidos entre miles y cientos de miles de absurdas cuentas metálicas, aceitosas, de un collar imposible, entre millares de tornillos que borran tus huellas ya desgastadas… Y tú no sabes qué hacer con la maleta repleta de antifaces, peluches y collares. Es entonces cuando conoces algo tan extraño y agrio como el grito mudo del horror. Un grueso nudo, sordo, que te obstinarás, inútilmente, en tragar hasta el fin de tus días. Sí, existen caramelos malos como hombres. Odian la risa de los niños con maleta y antifaz. Les parten el lomo y el corazón. Los cubren de un polvo ceniciento que jamás podrán borrar. Y no creas que lucen navaja faltriquera o destella su único diente al sol. Mucho más simple: cuidado con los trajes cartoné y las caretas moderé. Cuidado con los abstemios y los que son “ejemplo de”… Llegarás a creer, o así lo esperan, que no sirves para bailar el vals. Ahora, Mona, escucha la petite valse. Es triste, sí, pero es tan real como una almendra amarga y tiene su rara esencia oriental. Un… deux… un, deux, trois… Su quieta melodía repite el tiempo sin avanzar. Obsesivo ritmo, compulsiva voz… Era un niño que calló. Dobló con cuidado el abrigo de paño vuelto. Fijó los ojos en el carrusel y decidió quedarse, cual pájaro triste y seco, en la jaula de plata del jardín. Alguien, muy respetable, le aconsejó, tras ofrecerle un caramelo, que la maleta y su contenido eran para olvidar. Te quedas atrapado en esta melodía espiral, en esta luz ligeramente lechosa de una tarde incierta barrida por el viento de las furias desatadas al abrir la maleta y prender fuego al antifaz, el peluche y el collar. Tú, Pomona, diosa de las frutas, sabes de quién hablo. Y te quedas atrapado para siempre en la idea de que aquello pudo ser mejor. De que aquello pudo no ser. De que aquello no debería nunca haber sido. De que aquel hombre nunca trajo caramelos, que en el jardín cantaba una fuente clara y un limonero, y que aquella alma en la vida fue, tan niña aún, como un carrusel vacío en el crepúsculo.Foto de Roger Rodrigues
viernes, 30 de julio de 2010
La mirada de Mona
viernes, 23 de julio de 2010
Mona enferma
No te atreves a preguntar. Decir: ¿qué te pasa? ¿dónde te duele? ¿tienes angustia? se traduce en una victoria del desaliento. Pero preguntas, claro. Los niños enfermos han hecho su pequeña maleta de juguete. Llevan todo lo necesario, lo absolutamente imprescindible: el antifaz, el peluche y los collares. Toman la decisión irrevocable de partir a otro lugar. Y se sientan a esperar. El viento de la tarde –tápate, no te vayas a resfriar- mueve apenas sus cabellos, por tanto, qué mejor que cruzar las piernas si no alcanzan ni el suelo ni el vals? Y las horas se estiran como las mentiras de los hombres. Se hacen gelatinosas, inabarcables… plus que lent; eh, Mona? Y aquí estamos, pendientes de las décimas, de los suspiros, de las lenguas desaliñadas o del aliento almendrado. Ven, vuelve de ese viaje raro con vestidos de cartón. Con un beso se escupe la fatiga. Con la caricia, desarbolas el temblor de las pupilas. Con una canción, la frente se serena. Deshaz, pues, la maleta de plástico, cuenta las monedas y borra el ceño al soplar la llama del mechero. Venga, remata a tus súbditos esparcidos: el gran kan, el oso y el tigre, la rana y el pato-rosa. Bueno… besitos al koalita. Pero al hueso y al ahogo les hincamos el diente hasta el tuétano. Decididamente, mi mundo no es de este reino malvado.
viernes, 16 de julio de 2010
Rápida y mortal



Hay que esperar, sigilosamente, a que alguien decida enfilar el largo pasillo. Deja que dé unos pasos. Que se confíe. Paciencia, no vale la pena precipitarse. Eso, que vuelva atrás, sobre sus pasos. Que crea que tú no existes, que estás mising. Pero tú, sigue al tanto de la situación. Ahora, la cocina… Bueno, al tiempo. One moment, please!… Se está preparando el café ¿Oyes la cucharilla? Es esa pócima insufrible sólo soluble en gasoil. 20 segunditos en el micro. Tibio, qué poca clase. Si por lo menos ardiera, simularía una humeante crema. Ahora, bebe. Glu-glu-glú ¿Oyes? Cierra los ojos, my darling, e imagina sus pasos en tu mente. Aclara la taza, la pone a escurrir. Clic. Adelántate a sus próximos movimientos ¡Qué poco sabéis los perros de estrategia! El gato es zen, el perro es kan. Escúchame, hazme caso, los conozco de hace mucho, soy el felino Mino… Vamos. Preparada? Aquí viene. ¡Ahora!… Rápido. De 0 a 100 en 2 décimas de segundo. Venga Mona, a por él… a sus tobillos… Ataca… Te va en ello la vida. Como un torpedo ciego, no pierdas ni un segundo en pensar. Arrójate o perderás la pieza. Pero ¡qué ruido horrible te hacen las pezuñas; oh, my God!… ¿A quién piensas sorprender? Esto no es cazar, esto es un asesinato… ¡Cuidado, que se gira! Careful!… Mona, eres mala y traidora… Por la espalda, como los cobardes de las películas del Oeste… Yo no quería, es él quien… No insistas darling, olvidas que no me ve… Si supieras a quién me recuerdas. Nosotros teníamos un gato, pelirrojo y blanco, guapo y distinguido… Sabía silbar, bajarse de los coches en movimiento y bailar el vals… Usaba gorra gris, bufanda oscura y camiseta a rayas… Y si no, no… Hasta sus últimos momentos fue tan preciso como un tiralíneas de billar. Oh!, my lord, dónde andarás… Me ha reconocido… bye-bye… Sabes, Mona, dicen que los gatos no son de fiar.
lunes, 28 de junio de 2010
Mona en la playa
El hocico azucarado de arena, la lengua al fresco y las toses terrosas. Ahora escarba en la humedad de las sombras para enterrarse como los avestruces. El sol es tan luminoso que no se refleja en nada. No vale la pena. El agua tan azul, que el cielo se ha quedado de piedra, mudo. Y la arena es tan amable como una sonrisa atravesada de sueño. Mira el horizonte y dime, Mona, si comprendes el fulgor y la inquietud que despierta en los hombres. Ese lugar siempre desconocido, escurridizo como el mercurio y los reojos. Esa imposible línea resultado del quimérico encuentro de dos eternas paralelas. Y, sin embargo, hacia él vamos, como a la vida, sin más norte que una pinta –bravo por los marinos de noabajo- de cerveza helada o un vaso de vino –bravo por los de noarriba- en cuyos fondos hasta el sol quiebra sus rayos omnipotentes. Quien defina la belleza acabará con el mar. Quien defina el mar acabará con los sentimientos. Quien define el sentimiento acaba como un traje. Por eso la belleza está para bañarse, los sentimientos para llenarse de arena dorada los más íntimos lugares y el mar… para las locomotoras blancas. C’est comme ça! C’est comme ça! C’est comme ça! C’est comme ça!