Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de marzo de 2011

Los juguetes de Mona

Esparcidos por la casa. Abandonados en cualquier rincón. Pobres muñecos de un arrebato. Dicen que algún día, alguno de ellos será acunado por el amor inexplicable de una madre. Lo dudo. Pero mientras… más que compañeros de juego, son proezas de iniciación, méritos para subir escalafón en la tribu. Oso, pato-rosa, tortu, gran kan, silbiditos, koalita, tigre, kanito, piolín –cómo no?- y un largo etcétera de envases de zumos, geles, medicamentos… y la pelota. Ah! Y burrito. Todos los días, Mona, sigue el mismo protocolo, con la fría precisión de un relojero: a) los trinca, uno a uno, bien trincados b) los descoyunta sumariamente, sin contemplación alguna, y c) comienza su mordisqueo voraz. Si lo que pretende es involucrarte en la tragedia, entonces el procedimiento sufre la siguiente variación: a) trinca uno, bien trincado b) se dirige, escopetada, hacia ti, enredándose en tus piernas con la presa aún viva, al tiempo que le parte el espinazo c) la desmenuza encima de uno de tus pies, y d) repite la operación, en riguroso orden, con cada uno de ellos. Y diréis, ¿dónde está el juego? Primero, y principal: restregártelos en tus narices, dejando bien claro que no tienes nada que hacer sobre su propiedad. Segundo, y no menos importante: se trata de trasladarlos continuamente, con lo cual, el pobre peluche adquiere vida propia, existe, es. Y tercero –siempre hay un tercero- pero, la verdad, no se me ocurre ahora… Olvidados sobre el terrazo, van adquiriendo la tristeza de los atardeceres, la melancolía pausada de las miradas perdidas, la nostalgia ácida de los amores rotos… Con lo que yo fui para ti: el más certero de los pistoleros, el corcel veloz entre los alazanes árabes, el mágico antifaz del guerrero o el maravilloso collar de la reina de Saba y sus bailarinas de formas y sedas cegadoras. A ver, dinos, cuándo te hemos fallado, cuándo una arquitectura de fantasías se ha desmoronado por culpa nuestra, cuándo, saciado por nuestros besos de pantalón corto, no has dormido el mejor de los sueños? A ver, dinos. Pero, claro, no se te ocurre el juego tercero o la tercera razón del juego… Que no caes? Claro, era de esperar. Alargaste tus pantalones o cubriste tus rodillas con la falda, y has olvidado lo principal. Tampoco comprendes, es evidente, los pipíes de Mona en lugares no acordados. O sus idas y venidas, pendiente de tu despertar. No comprendes… Dime, ¿en qué lugar del camino quedó aquel tiempo sin horas, blanco de tragaluz y galería, repleto de tal misterio que aún hoy te estremeces sólo de pensar, aquél en donde todos nosotros éramos…? ¿Qué éramos?… Claro, no recuerdas… Callaos ya, dejad que entre el aire fresco de esta tarde que inaugura Abril con su torbellino de geranios ásperos, escolar hierbabuena, jazmín seductor, rosas de celofán y celinda de algodón. No me habléis de lo que no quiero comprender. Se ahogan los recuerdos dormidos, una vez más, entre las flores. Hubo un día que la saudade despertó. Hubo el día en que la magia salió de las cosas. El día en que una caja pasó a ser definitivamente un bulto. Ese día olvidé la tercera causa del juego… Pues es un secreto a voces, darling… Eh! Mino, eres tú? ¿De dónde sales? ¡Qué alegrón! ¿Pero, por dónde andás, pelotudo?… ¿Y ese acento porteño?… Pues yo soy el primer sorprendido, la verdad… Tú mismo, mon chéri.



lunes, 24 de enero de 2011

Este vals no se baila

Deja, Mona, que dedique este vals a todos aquellos niños que, a diferencia de ti, nunca podrán bailar el vals. Hay tantos golpes en la vida… que al pensar en algunos casos concretos siento la negra y profunda tristeza de las simas oceánicas. Así que, dicho y hecho. Aquí está el vals que no es vals. Nadie podrá bailarlo tal cual. ¿Danzarlo?… Tal vez. Pero, dime, qué mérito puede tener bailar el vals del falso vals? Aspiro a que sea una espinita clavada, una piedra en el zapato, un tropezón inesperado. Digamos, que es el derecho de réplica de las florecillas holladas del camino. El pataleo de los polluelos arrojados antes de alzar el vuelo. El j’acusse de los inocentes y desprevenidos, de los buenos. Un… deux… un, deux, trois, quatre? Oh!, c’est comme ça! Para todos aquellos que, con sus pies ágiles y veloces como Aquiles, creen dominar el reino volátil del vals, he creado su talón de fino cristal. Un tendón de papel cuché. El inesperado desajuste del glamour y la serpentina. El sudor nuestro de cada día aflorando entre los oropeles. Atrévete y tal vez ya no vuelvas a bailar como antes el vals de giro despreocupado y loco, de dulce y maravilloso abandono: un… deux… un, deux, trois… quatre? Te avisé, estas cosas marcan para siempre. Una venganza muy inglesa, darling. Sí, lo admito, pero con la elegancia y el savoir faire parisién, ¿no crees?…

viernes, 24 de diciembre de 2010

Spleen de Mona

No sé a ciencia cierta si quiero contarte esta historia… ¿Sabes?, creo que una de las cosas que más admiro en vosotros, los llamados animales, es que tenéis cara de lo que sois. Entiéndeme, no me malinterpretes, nunca adoptáis poses de salva-patrias o de intelectuales, de líderes o de profetas, de locos geniales o de alcahuetas. Cuando conozco a alguien-persona, no tiene sólo cara de hombre o de mujer. Sólo los niños; bueno, algunos niños. Incluso, y es lo más de lo más, encuentras quien se presenta como un nombre y apellidos-trabajo, su maldito y estúpido trabajo. ¿Puedes creerlo? Fulanito de tal, esto y lo otro, lo de más allá y en tal sitio. ¿Qué te parece?… Con lo bien que suena: Fulanito. Punto y pelota, como tú dices. Así que… Aquí, Mona –bueno, Pomona, si así lo quieres. Y ves a una perrita guapa, renegona y malas-pulgas. Sí, comprendo tu inquietud. No es nada el hombre sin careta. ¡Qué pereza tan grande te da todo esto! ¿Verdad?… Ya te lo dije, no estaba seguro de querer contarte… Dile a Charles, tú que puedes, que todo sigue igual o peor; sí, bastante peor que cuando nos dejaron él y su entrañable Edgar, cuervo incluido. Ahora, escucha ¿Qué crees que pueda ser? Tengo como un suspiro atragantado, una emoción escondida con cara de hastío que naufraga entre el pasado y el rancio mobiliario negro del salón, y no sé qué pensar. ¿Tú qué opinas?… Ya, claro. No debí contarte esta historia. Comprendo. Mil perdones.

martes, 16 de noviembre de 2010

El paseo de Mona

¿Paseo? ¿Calle? De la rue? Qu’est-ce que c’est? Huy, qué nervios tengo! Sí, lo habéis adivinado, ¡que me meo!… Me atan, pero… pourquoi?… Era pequeña y blanca como un rollito de primavera. Sus bucles dorados eran resortes de luz. Y sus mofletes rosados trotaban al compás. Pasito a pasito para no resbalar. Vuelvo a subir y me vuelvo a lanzar. Un… dos… un, dos, tres. Se zambullía, estrepitosa, tras saltar empecinada sobre un trampolín que nunca pudo mover. Tan ligera, tan veloz, tan pequeña ¿será el eterno bebé de la familia?… Recordar el primer paseo de Mona me trae esa mezcla de piscina, levedad y querubín. Andar de puntillas desafiando la gravedad, como los santos. Flotar, flotar, flotar al ritmo del vals. Oh, qué inmensa cualidad! Un paseo por los aires es como estar más cerca de los ángeles buenos. Un paseo con los papis es como estar más cerca del… vals. Para bailarlo, se necesita dejarse llevar: gira sin pensar o caerás. Un… dos… un, dos, tres… Para bailar el vals hay un agujero en el cielo de esta noche negra. Un agujero redondo y puro como la flor del algodón, un agujero a través del cual se pierde el miedo a los perros y al vals.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Mona's dream

Es el sueño como placer. El que gozas como un suspiro de amor. El que sabes que puedes evitar. La noche te obliga a dormir; la tarde, y su aroma a sal y brea, te invita. Ese es el sueño del vals parisien. Un… dos… un, dos, tres… El sol del norte resbala, pálido, monte abajo y Marte ajusta su bohemia en el jergón. Deja que el viento sople en las palmeras de un sur que perdí. Aquí, un breve rayo de luz sirve para pintar. Y un simple cielo encierra el universo estrellado y arrebatado de un tulipán desarraigado que, en el espejo, viose girasol. La terraza es una sola mesa. Y la absenta, el sólido pavimento de los sueños. Sin embargo, la lluvia desorientada de los cristales me recuerda la nostalgia de lo que no conocí: el carromato desvencijado, la guitarra suave comme les nuages, la tarde verde-marina y blanca como los trenes de un austral y lluvioso sur. Un… deux… un, deux, trois… Ahora, Mona, duerme. El aguacero resbala entre piedras blancas y piedras negras. Alguien recuerda como morirá. Nunca conoceré Montparnasse.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

La huelga de Mona

Echada en el suelo, parece que el tiempo se ha tomado un tiempo. Pero la punta, sólo la punta de la nariz basta para decirnos que algo le inquieta. Con todo, prefiere dirigir su vista hacia nosotros mientras sus barbas alfombran el suelo. Está quieta, ajena, como el mar, y, como el mar, la espuma de su pelo besa la arena del parqué. Así las cosas, uno no sabe qué pensar sobre lo que ella piensa. Porque hay algo detrás de ese flequillo, seguro, aunque todo niegue tal sospecha. Algo que ronda su frente de lana y seda… Como si una mosca inexistente revoloteara impertinente y zumbona. Y ni se molesta en espantarla, como hacen las vacas, con el rabo o las orejas. No. Echada en el suelo, así, mira por los rabillos altos de los ojos con más pena que gloria, a la espera de la esperanza o al olvido de los olvidos. Al pensar del pensamiento o a la rosa de los vientos. Esa mirada tuvo que tenerla Diógenes. Así que, discretamente, me aparto. Ahora el sol de oro atardecido lame su morrillo, y esta Pomona griega, cariátide chaise-longue cariacontecida, pone la nota de color carmín-geranio de su lengua y, creo, me sonríe con la punta de las orejas.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El vals de Mona

Hicieron el poyo del balcón pensando en Mona. De pie sobre sus patas traseras, alcanza a descansar sus barbas y sus manos en la repisa, y aprovecha los huecos de las jardineras para otear la plaza. De un mirador a otro, algo torpes al comienzo, nacen los pasos de su vals. Su flequillo se mece al viento y al vals fresco de la tarde. De tan seria, se diría es perfil de moneda grande. Semblante abstraído y profundo de Platón con pelos. Pero el sol cae tras los edificios con la natural melancolía del poniente en las paredes. Y ella, curiosa sin fin, observa. Siempre ve las cosas por primera vez. Dos pasitos de sus pies y sus manos recorren el quicio a la vez. Y un… dos… un, dos, tres… Os lo dije, ya mejora el vaivén. La fuente ruge de espaldas al balcón. Es la catarata boba del insulto al artista loado. Pobre busto mendigo a la puerta tullida de un banco y monte de piedad. Pero ella, absorta, no advierte el hilo de sol que transparenta en sus propios ojos. Me mira, y comprendo… pero no consiento. Me requiere, pero le hago esperar. Más dulce será el abrazo. Además, me gusta verla así, escudriñando a lo lejos, desprevenida, traspasada de sol, igual a un niño prendado de horizonte o de tebeo: es la extraña mezcla de dulzura y sabiduría que hace incomprensible el resto de los días. Me mira nuevamente, un rescoldo de sol y eternidad atraviesa mi alma. Un amor perdido entre las jardineras. La seda descansando sobre la breve cintura. El vientre de terciopelo y el aroma de menta de aquellos ojos apenas olvidados. Los paseos al atardecer, calle abajo, solitario, como el dolido poeta que siempre quise ser. Los parques ajardinados y revueltos de la avenida. Sombríos. Algo así como un tango con ritmo de vals. Las estudiantes más bellas que pintor pudo imaginar. Las sonrisas caídas de tantos amores rimados. Y una brizna de melancolía en el paso entrecortado y grácil de las jóvenes en la plaza te remonta, ves, al tiempo azul de las azucenas. Un tiempo nocturno, de oculta tristeza y versos. De bellas misteriosas y largas tardes atravesadas por el hirviente viento del estío. Por eso la miras tanto. ¿Quién, ella o tú? ¿La plaza o ella? De alguna forma descubro, no sé muy bien qué. Algo de mí que yo mismo desconozco. ¡Tanto que no sé! Que nunca sabré y que intuyo conoces bien. Oh! Mona, se ha vuelto el fresco frío y me desazono. Vamos dentro. No mires más la plaza. La fuente, ya ves, no canta hoy ni cantará mañana. No es fuente, sino vanidad. No hay sosiego. Tal vez nunca lo hubo. Y aquella pena adolescente, ¿qué podría decirte? debiera haber sido convenientemente diagnosticada. De ahí, las secuelas producidas y los indeseados efectos secundarios de tantas medicinas inapropiadas. Analgésicos letales y socialmente incompatibles como los valses de Chopin o los poemas de Neruda. Ese paso mejoró mucho, Mona. Un… dos… un, dos, tres… Me miras. Comprendo. Tal vez consienta.

martes, 3 de agosto de 2010

La petite valse

Mona, no lo entiendo ni yo ¿Cómo quieres que te lo explique? Hay hombres con caramelos malos. Brujas con grandes calderos que hacen consomé de niño. Reinas que cortan las cabezas. Y babas de caricias como vitriolo y vorágine que dejan profundas cicatrices en la mirada. Ya sabemos que el bosque está encantado y que los vacíos carruseles en el crepúsculo no son aconsejables para los niños, incluso si en su maletita llevan el antifaz, el peluche y los collares. Ya sabemos. Y como gran verdad, decimos: no te fíes. Nada cojas, de quien nada sabes. Vuelve a casa sin jugar y sin ver los atardeceres. No estés sola ni con tu sombra. No te creas que ancha y tuya es la tierra porque en ella naciste. Eso no basta. Acuérdate de Pinocho. Y así, sin apenas notarlo, nace la melancolía de los jardines. Las horas y horas tumbado en el escalón del mediosol y los tenues besos de luz colándose entre las hojas acartonadas del magnolio. Mientras, duermes con los ojos abiertos, comes rabos de trébol para endulzar el alma y huyes de las pepitas rojas del magnolio porque quieres bailar algún día al ritmo del vals. Un… dos… un, dos, tres… Luego, paseas. El jardín cerrado es seguro como una jaula de plata. Escarba en la tierra hasta que afloren las lombrices de café con leche. Hurga entre las flores y descubrirás el mundo. El jardín y su trabada cancela. El jardín y su fuente que no canta. La celinda más grande del universo y sus flores de nata para libar. Hay hombres malos como caramelos. Ogros que te quitan los besos para siempre. Castillos de incienso donde el diablo reclama diariamente su ración de paz eterna. Oscuros lugares donde se marchita la risa en cuanto entras. Donde el sol es un tubo blanco que parpadea sobre cuatro mapas de un mismo lugar sin magia. Sobre 100, y otras 100, y otras tantas, para recordar que no hablaré más en clase. O sobre tus dedos desaparecidos entre miles y cientos de miles de absurdas cuentas metálicas, aceitosas, de un collar imposible, entre millares de tornillos que borran tus huellas ya desgastadas… Y tú no sabes qué hacer con la maleta repleta de antifaces, peluches y collares. Es entonces cuando conoces algo tan extraño y agrio como el grito mudo del horror. Un grueso nudo, sordo, que te obstinarás, inútilmente, en tragar hasta el fin de tus días. Sí, existen caramelos malos como hombres. Odian la risa de los niños con maleta y antifaz. Les parten el lomo y el corazón. Los cubren de un polvo ceniciento que jamás podrán borrar. Y no creas que lucen navaja faltriquera o destella su único diente al sol. Mucho más simple: cuidado con los trajes cartoné y las caretas moderé. Cuidado con los abstemios y los que son “ejemplo de”… Llegarás a creer, o así lo esperan, que no sirves para bailar el vals. Ahora, Mona, escucha la petite valse. Es triste, sí, pero es tan real como una almendra amarga y tiene su rara esencia oriental. Un… deux… un, deux, trois… Su quieta melodía repite el tiempo sin avanzar. Obsesivo ritmo, compulsiva voz… Era un niño que calló. Dobló con cuidado el abrigo de paño vuelto. Fijó los ojos en el carrusel y decidió quedarse, cual pájaro triste y seco, en la jaula de plata del jardín. Alguien, muy respetable, le aconsejó, tras ofrecerle un caramelo, que la maleta y su contenido eran para olvidar. Te quedas atrapado en esta melodía espiral, en esta luz ligeramente lechosa de una tarde incierta barrida por el viento de las furias desatadas al abrir la maleta y prender fuego al antifaz, el peluche y el collar. Tú, Pomona, diosa de las frutas, sabes de quién hablo. Y te quedas atrapado para siempre en la idea de que aquello pudo ser mejor. De que aquello pudo no ser. De que aquello no debería nunca haber sido. De que aquel hombre nunca trajo caramelos, que en el jardín cantaba una fuente clara y un limonero, y que aquella alma en la vida fue, tan niña aún, como un carrusel vacío en el crepúsculo.

Foto de Roger Rodrigues

viernes, 30 de julio de 2010

La mirada de Mona

Redonda. Oscura. Como el ámbar húmedo de los perros abandonados. Unas finas líneas, a lápiz, encierran la belleza egipcia de tus iris y osiris. Si parpadeas, veo alas de mariposa tornasoladas y una purpurina infantil impregna las yemas de mis dedos. ¿Por qué hay tanta bondad en esas pupilas bobas; tanta, que a veces olvido que no eres de trapo, y que preguntas, una y otra vez, con esos ojos calmos y blandos? Pero, ¿qué preguntas? ¿Por qué? Una y otra vez abiertos y esperando. Y otra vez. Oscura y redonda. Todo un teorema de Pitágoras para el lápiz de tu hocico. Ah! Mona, ¿qué quieres saber? El delicado giro de tu cabeza apenas disimula la nostalgia de la primera sonrisa que os dirigieron los hombres. ¿Qué quieres que te diga? Yo tampoco lo sé. Recuerdo esos ojos tuyos en otros ojos de miel. ¿Podrás creerlo? Mi madre se despedía sin saberlo. ¿Qué puedo decir, Mona? Yo tampoco lo sé. Tu mirada es la nostalgia limpia de un paraíso que nunca conocí. Pero, ¿puedo saber qué visteis en aquella sonrisa?… Ahora, miras, saludas y preguntas, todo a un tiempo. Siempre fue así, y nosotros, por toda respuesta, os regalamos la hundida y negra mirada del diablo. Ah! ¿Por qué, por qué preguntas?

viernes, 23 de julio de 2010

Mona enferma

No te atreves a preguntar. Decir: ¿qué te pasa? ¿dónde te duele? ¿tienes angustia? se traduce en una victoria del desaliento. Pero preguntas, claro. Los niños enfermos han hecho su pequeña maleta de juguete. Llevan todo lo necesario, lo absolutamente imprescindible: el antifaz, el peluche y los collares. Toman la decisión irrevocable de partir a otro lugar. Y se sientan a esperar. El viento de la tarde –tápate, no te vayas a resfriar- mueve apenas sus cabellos, por tanto, qué mejor que cruzar las piernas si no alcanzan ni el suelo ni el vals? Y las horas se estiran como las mentiras de los hombres. Se hacen gelatinosas, inabarcables… plus que lent; eh, Mona? Y aquí estamos, pendientes de las décimas, de los suspiros, de las lenguas desaliñadas o del aliento almendrado. Ven, vuelve de ese viaje raro con vestidos de cartón. Con un beso se escupe la fatiga. Con la caricia, desarbolas el temblor de las pupilas. Con una canción, la frente se serena. Deshaz, pues, la maleta de plástico, cuenta las monedas y borra el ceño al soplar la llama del mechero. Venga, remata a tus súbditos esparcidos: el gran kan, el oso y el tigre, la rana y el pato-rosa. Bueno… besitos al koalita. Pero al hueso y al ahogo les hincamos el diente hasta el tuétano. Decididamente, mi mundo no es de este reino malvado.



viernes, 16 de julio de 2010

Rápida y mortal








In memoriam Mino

Hay que esperar, sigilosamente, a que alguien decida enfilar el largo pasillo. Deja que dé unos pasos. Que se confíe. Paciencia, no vale la pena precipitarse. Eso, que vuelva atrás, sobre sus pasos. Que crea que tú no existes, que estás mising. Pero tú, sigue al tanto de la situación. Ahora, la cocina… Bueno, al tiempo. One moment, please!… Se está preparando el café ¿Oyes la cucharilla? Es esa pócima insufrible sólo soluble en gasoil. 20 segunditos en el micro. Tibio, qué poca clase. Si por lo menos ardiera, simularía una humeante crema. Ahora, bebe. Glu-glu-glú ¿Oyes? Cierra los ojos, my darling, e imagina sus pasos en tu mente. Aclara la taza, la pone a escurrir. Clic. Adelántate a sus próximos movimientos ¡Qué poco sabéis los perros de estrategia! El gato es zen, el perro es kan. Escúchame, hazme caso, los conozco de hace mucho, soy el felino Mino… Vamos. Preparada? Aquí viene. ¡Ahora!… Rápido. De 0 a 100 en 2 décimas de segundo. Venga Mona, a por él… a sus tobillos… Ataca… Te va en ello la vida. Como un torpedo ciego, no pierdas ni un segundo en pensar. Arrójate o perderás la pieza. Pero ¡qué ruido horrible te hacen las pezuñas; oh, my God!… ¿A quién piensas sorprender? Esto no es cazar, esto es un asesinato… ¡Cuidado, que se gira! Careful!… Mona, eres mala y traidora… Por la espalda, como los cobardes de las películas del Oeste… Yo no quería, es él quien… No insistas darling, olvidas que no me ve… Si supieras a quién me recuerdas. Nosotros teníamos un gato, pelirrojo y blanco, guapo y distinguido… Sabía silbar, bajarse de los coches en movimiento y bailar el vals… Usaba gorra gris, bufanda oscura y camiseta a rayas… Y si no, no… Hasta sus últimos momentos fue tan preciso como un tiralíneas de billar. Oh!, my lord, dónde andarás… Me ha reconocido… bye-bye… Sabes, Mona, dicen que los gatos no son de fiar.


lunes, 28 de junio de 2010

Mona en la playa

La más peluda, petite y blanca locomotora se ha puesto en marcha. Y no hay quien la pare. Paso inquebrantable, caballos desbordados, vapor infernal y resoplidos, vatios y voltios, pondios y repondios. El mar de arena le espera, señores, y sus dulces y enloquecidas carreras son la bienvenida de la primavera y la alegría. Una. Otra. Y otra una. Entre las piernas. Te rodeo. Te ato, botín apache. Me revuelvo, cambio la dirección. Un… dos… Un, dos, un, dos… Y corro, corro como si en ello me fuera el pipi-premio más grande del universo. La maravillosa estela láctea de las cumbres heladas del Marahachinapurna. El recoleto aparte romántico del amor de las tardes color añil. Las aladas selvas de un Amazonas sin nombre ni lugar. ¡Cuidado, que freno! ¡Que quiten ese bancal!…
El hocico azucarado de arena, la lengua al fresco y las toses terrosas. Ahora escarba en la humedad de las sombras para enterrarse como los avestruces. El sol es tan luminoso que no se refleja en nada. No vale la pena. El agua tan azul, que el cielo se ha quedado de piedra, mudo. Y la arena es tan amable como una sonrisa atravesada de sueño. Mira el horizonte y dime, Mona, si comprendes el fulgor y la inquietud que despierta en los hombres. Ese lugar siempre desconocido, escurridizo como el mercurio y los reojos. Esa imposible línea resultado del quimérico encuentro de dos eternas paralelas. Y, sin embargo, hacia él vamos, como a la vida, sin más norte que una pinta –bravo por los marinos de noabajo- de cerveza helada o un vaso de vino –bravo por los de noarriba- en cuyos fondos hasta el sol quiebra sus rayos omnipotentes. Quien defina la belleza acabará con el mar. Quien defina el mar acabará con los sentimientos. Quien define el sentimiento acaba como un traje. Por eso la belleza está para bañarse, los sentimientos para llenarse de arena dorada los más íntimos lugares y el mar… para las locomotoras blancas. C’est comme ça! C’est comme ça! C’est comme ça! C’est comme ça!

lunes, 21 de junio de 2010

Las preguntas de Mona

Si alguien definiera la belleza, Mona, se acabaría el arte. Si alguien definiera el arte, se acabaría el hombre. Porque el arte es una patraña que nos hace humanos. Y la belleza, una pamplina que nos hace buenos. Si alguien definiera la rosa, el poema sería imposible. Dejemos, pues, la rosa, y escribamos los más bellos versos que al nombrarla la ignoran. Si alguien supiera la música de esta luna como un sol de plata y navaja, y de las gaviotas atardecidas como pájaros de papel que la atraviesan –extraña estampa japonesa en imposible latitud- se cerrarían los pianos para siempre y la fuente, sin canto, quedaría seca. Así, que si, en un tonto descuido, se diera con la clave de los recuerdos, sin más dilación, moriríamos, apenados por haber resuelto definitivamente la tontería metafísica y su hermana ruin y perversa, la teología. Por tanto, mejor una buena pregunta y la callada por respuesta. Pero cuando oigo el dibujo, veo la música o palpo el poema, tengo la certeza de entender el mundo. Y, así, hay un día en la vida en que quedas prendado. Todo se justifica, entonces. ¿Quién lo entiende? Ah!… ¿Qué es?… Adivínalo. Nada bueno hacemos sin ello. Nada somos. Tan sencillo, que asusta. Sólo tiene cuatro letras. Ahora, soy yo quien pregunta… Adivina, adivinanza… y empieza por… No es una, sino tres; y si las sumas, en orden, verás otras tres.